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Defender el derecho a la libertad cognitiva

La idea de la mente humana como un dominio absolutamente protegido de la intrusión exterior existe desde hace siglos. Hoy, sin embargo, esa suposición ya no se sostiene. Las sofisticadas máquinas de neuroimagen y las interfaces cerebro-computadora detectan la actividad eléctrica de las neuronas, lo que nos permite decodificar e incluso alterar las señales del sistema nervioso que acompañan a los procesos mentales. Si bien estos avances tienen un enorme potencial para la investigación y la medicina, plantean desafíos éticos, legales y sociales fundamentales: determinar si es legal adquirir o interferir con la actividad neuronal de otros y en qué condiciones.

Esta pregunta tiene un significado social particular, ya que muchas neurotecnologías han pasado del entorno médico al ámbito comercial. Los intentos de decodificar información mental a través de imágenes también han surgido en casos judiciales, a veces de una manera científicamente cuestionable. En 2008, por ejemplo, una mujer india fue declarada culpable de asesinato y sentenciada a cadena perpetua, según los escáneres cerebrales que mostraban que tenía «conocimiento empírico» del crimen, según el juez. El uso potencial de la neurotecnología como polígrafo con fines de interrogatorio ha llamado especialmente la atención. A pesar del escepticismo de los expertos, las empresas comerciales están comercializando el uso de técnicas basadas en resonancia magnética funcional y EEG para determinar la autenticidad. Las fuerzas armadas también están probando la tecnología de vigilancia por otra razón: utilizar la estimulación cerebral para mejorar el estado de alerta y la concentración de los combatientes.

La tecnología de lectura del cerebro puede verse como otra tendencia inevitable que invade nuestro espacio más personal en el mundo digital. Pero dada la santidad de nuestra privacidad mental, podemos estar menos dispuestos a aceptar tales intrusiones. De hecho, uno puede pensar en esta tecnología como algo que necesita reconceptualizar los derechos humanos básicos e incluso crear derechos neuronales específicos.

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Los abogados ya hablan del derecho a la libertad cognitiva. Permitirá a las personas tomar decisiones libres y efectivas sobre el uso de la tecnología que pueden influir en su forma de pensar. El derecho a la privacidad mental protegería a las personas del acceso no autorizado a sus datos cerebrales por parte de terceros, así como de la recopilación no autorizada de dichos datos. Las filtraciones de privacidad a nivel neuronal pueden ser incluso más peligrosas que las filtraciones de privacidad tradicionales porque pueden pasar por alto las capas de razonamiento consciente que nos impiden proteger nuestras mentes de lecturas involuntarias. Este riesgo se aplica no solo a los tribunales por la investigación de mercado depredadora o el uso excesivo de tales técnicas, sino también por las aplicaciones que afectan a los consumidores comunes. La última categoría está creciendo. Recientemente, Facebook dio a conocer un plan para crear una interfaz de voz a texto que traduce los pensamientos directamente del cerebro a la computadora. Samsung, Netflix y otros están haciendo intentos similares. En el futuro, el control cerebral puede reemplazar los teclados y el reconocimiento de voz como la forma principal de interactuar con las computadoras.

Si las herramientas de escaneo cerebral se vuelven omnipresentes, surgirán nuevas posibilidades de abuso, incluidas las infracciones de seguridad cibernética. Los dispositivos médicos conectados al cerebro son vulnerables al sabotaje, y los neurocientíficos de la Universidad de Oxford dicen que la misma vulnerabilidad se aplica a los implantes cerebrales, lo que aumenta la posibilidad de un fenómeno conocido como secuestro cerebral. El potencial de tal abuso puede impulsarnos a redefinir el derecho a la integridad mental, que ha sido reconocido como un derecho humano fundamental a la salud mental. Esta nueva comprensión podría proteger no solo a las personas de la denegación de tratamiento para enfermedades mentales, sino a todos nosotros de la manipulación dañina de nuestra actividad neuronal a través del mal uso de la tecnología.

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Finalmente, el derecho a la continuidad psicológica puede proteger la vida espiritual de las personas de cambios externos por parte de terceros. La misma intervención cerebral que se está explorando para reducir la necesidad de dormir de los militares podría usarse para hacer que los soldados sean más beligerantes o intrépidos. La neurotecnología trae beneficios, pero para minimizar los riesgos no deseados, necesitamos un debate público que involucre a neurocientíficos, expertos legales, especialistas en ética y ciudadanos comunes.

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